La puerta roja

12 04 2011

LA-PUERTA-ROJA

Las seis de la tarde. Como todos los días a esta hora, Lucio apagó la máquina, se dirigió a su taquilla, se quitó la bata y la colgó en su percha. “¡Maldita bata gris! ¿No era ya todo demasiado gris en la fabrica como para tener que ponerse además una maldita bata gris?

Recogió la bolsa en la que traía el bocadillo y las llaves y se encaminó pausadamente hacia la salida. Le apetecía salir de allí pero la verdad es que tampoco tenía prisa. No tenía planes para esa tarde y tampoco había nadie esperándole. Hubo un tiempo en que no fue así. Pero eso fue hace mucho.

Pasaré por casa un momento para ducharme y saldré a dibujar al parque“, pensó. Le gustaba dibujar. No era un buen dibujante pero eso era algo que le gustaba hacer. Podía pasarse horas con la mente centrada solamente en sus dibujos. Eso le gustaba.

De camino a casa decidió dar un rodeo por la Avenida Corrientes para despejarse un poco. Tras unos minutos de paseo se detuvo y se sorprendió así mismo esbozando una sonrisa al ver a unos críos jugar con canicas. “Qué pena, los niños ya no juegan a estas cosas” pensó, y fue entonces, al reanudar su marcha y levantar la vista cuando la vio. Fue un instante antes de que ella doblara la esquina por Callao, pero estaba seguro de que era ella. Estaba cambiada, más delgada. Su pelo también era distinto. Rojizo y con otro peinado, pero la hubiese reconocido entre un millón. ¿Qué estaba haciendo ella allí?

Instintivamente la siguió. No tenía ninguna intención de hablar con ella. Ni siquiera le apetecía. Lo último que sabía de ella antes de aquel momento era que se había ido a Europa y ahora, cuando las heridas ya se estaban cerrando, reaparecía en el momento menos oportuno. Falda corta y botas. ¿Tanto habría cambiado? Volvió a girar por Lavalle. La siguió por la acera contraria a una distancia lo suficientemente grande como para no ser advertido pero lo suficientemente cerca como para no perderla de vista. Anduvieron así dos cuadras más hasta que la chica se detuvo frente a un viejo y estrecho edificio que parecía abandonado. Sacó un manojo de llaves de su bolso y se dispuso a abrir el candado con el que estaba cerrada una enorme puerta de madera pintada de rojo. Abrió la puerta y se introdujo en el edificio.

Lucio se acerco poco a poco a la puerta, pero sin cruzar la calle. El caso es que ese sitio le resultaba familiar. ¿Qué había ido a hacer allí? Volvió a fijarse en aquella puerta y de pronto un escalofrío le recorrió la espalda. A su mente fueron llegando recuerdos que habían estado enterrados durante mucho tiempo. Todo el entorno era distinto. Ahora había arboles en la calle y edificios de oficinas alrededor. Pero la puerta roja no había cambiado. ¿Cómo era posible? Aquello ocurrió hacía muchísimo tiempo. Eran solo unos críos y los dos habían jurado con un pacto de sangre no regresar nunca a ese lugar. ¿Porqué ahora? Gotas de sudor  frío resbalaban bajo su camisa. Y allí estaba él. Petrificado. Frente a la puerta roja.

Aquella maldita puerta roja.

_

Si te ha gustado este FotoRelato es posible que te gusten estos otros publicados anteriormente:

_

Anuncios

Acciones

Information

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s




A %d blogueros les gusta esto: